No sé si tengo lo que hace falta
Hace unos años, cuando todavía estaba en mi empleo anterior en Argentina, tenía un líder que en cada devolución me decía lo mismo: que tenía que exponerme más, mostrar mi trabajo, defender las mejoras que yo misma había hecho, relacionarme con otros líderes. Yo tomaba nota, pero sentía que ya había llegado a mi límite: no veía cómo iba a mejorar algo que no se me daba natural.
La imagen que tenía de mí
No era que me faltara voluntad. Era que no me imaginaba mejorando en algo así. Hablar en público, dar una presentación, defender una idea delante de otros líderes: sentía que ese era mi límite, que ya había llegado tan lejos como podía llegar en eso y que insistir no iba a cambiar mucho.
Con esa creencia, cada consejo quedaba ahí sin más: entendía que mi líder tenía razón, coincidía que ese ajuste cambiaría para mejor mi carrera dentro de la empresa, pero era algo que me incomodaba y que creía simplemente que no era para todos. A él se le daba con total naturalidad, pero yo no era igual a él.

Es pura práctica
Hasta que un día esa persona me confesó algo que no esperaba. Me dijo, así como si nada, que él tampoco había nacido sabiendo hablar en público.
Que antes no era bueno, y que hoy no es algo que le guste especialmente, pero que lo puede hacer sin ningún inconveniente porque ya no le incomoda, porque le da igual, porque lo hace como cualquier otra actividad. Que todas esas personas que veía dando discursos, presentaciones o actos, normalmente son puro ensayo y no más que eso.
Otra forma de verme
Me quedé pensando: ¿no puede ser? Esa persona que yo admiraba tanto por lo bien que se desenvolvía no tenía un talento innato que lo hiciera distinto al resto de nosotros los mortales. Había partido del mismo lugar que cualquier otra persona. Que yo.
Y ahí pude verme de otra manera: si él había llegado hasta ahí sin haber nacido sabiendo, entonces mis límites no eran reales sino mentales. Cambié la forma en que me veía, y desde ahí empecé a accionar distinto.

Practicar hasta que fuera automático
Empecé a practicar. Y practicar. Y practicar, hasta que casi me saliera solo. Para cuando me tocaba exponer algo, ya lo hacía sin pensar, porque lo que tenía que decir y cómo decirlo estaba tan integrado que salía como si fuese natural, aunque no lo era. Ya no sentía esa inseguridad de antes, porque ya era algo tan practicado que dejó de incomodarme.
Y lo que antes me costaba tanto, con el tiempo se convirtió en algo que hacía con soltura: mis presentaciones empezaron a salir bien, mi supervisor y otros colegas me lo hacían saber, y en esos dos años que siguieron me ascendieron dos veces.
No porque de un día para el otro se me hubiera dado un don que antes no tenía. Sino porque entendí que no tenía que ser especial para ser buena en algo: solo tenía que aprender una habilidad nueva y trabajarla hasta que se volviera parte de mí.
Lo que hoy pienso distinto
Si hoy sentís algo parecido, no te puedo asegurar cómo es tu caso, pero sí te puedo compartir lo que a mí me sirvió ver: como vos, sin nada, empezaron miles de personas, y eso no es excusa para quedarte en el mismo lugar.
Y lo que se ve fácil en otra persona muchas veces no lo fue desde el principio. Fue practicado, fue trabajado, fue sostenido en el tiempo, aunque nadie vea todo el trabajo de fondo y solo se vean los resultados finales.
¿Por qué al cambiar la forma en que observamos algo lo cambia todo?
Existe una razón de fondo para esto: por qué, frente a la misma situación, dos personas pueden ver cosas completamente distintas. Una de las cosas que aprendí en mi formación como coach es que no vemos el mundo como es: lo vemos como somos. Y esa forma de vernos se arma, en gran parte, desde tres cosas.
La distinción. Es lo que somos capaces de reconocer o nombrar. Por eso él podía ver algo que yo todavía no veía: ya había pasado por lo mismo, ya sabía cómo se llega a ser bueno en algo, y sabía que cualquier otra persona también podía lograrlo. Esa distinción le permitía ver mi potencial antes de que yo misma fuera consciente de él.
El pensamiento (o juicio, si querés llamarlo así). Es la opinión que armamos sobre algo, no el hecho en sí. Cuando pensás «esto no se me da», no estás describiendo un hecho: estás repitiendo una opinión, tal vez una que armaste hace años y nunca volviste a revisar. Y esa opinión pesa: te frena antes de intentarlo, te hace sentir que ya sabés cómo va a terminar.
La narrativa. Es la historia que fuimos construyendo con esos pensamientos, con el tiempo, hasta terminar creyendo que eso es lo que somos. Mi historia con hablar en público fue, durante años, «esto no es lo mío». Hasta que apareció una distinción nueva —que era pura práctica, no un don— y con ella, otro pensamiento, y otra narrativa.

Un ejercicio para mirarlo distinto
Pensá en un desafío o problema que tengas dando vueltas hoy, y respondé: ¿qué pensamiento estoy sosteniendo sobre esto —sobre mí, sobre la situación, sobre lo que creo que es posible—? ¿Ese pensamiento es un hecho, o es una opinión que armé en algún momento? Si me alejo por un minuto de la escena y lo veo como alguien de afuera, a la distancia: ¿qué es lo que antes no veía de la situación? Y si cambiara ese pensamiento, ¿qué historia nueva podría empezar a contarme?
No cambié de un día para el otro. Cambié el día que al fin pude observar lo que otros ya observaban en mí: que era capaz de superar ese obstáculo, y muchos otros más.
Y si después de este ejercicio sentís que hay más de un límite reteniéndote siempre en el mismo lugar que estás hoy, tenemos una primera conversación de 30 minutos sin costo: conversamos sobre lo que estás atravesando y te cuento cómo podríamos trabajarlo juntos.
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