No sé qué van a pensar, pero lo voy a hacer igual
El miedo al qué dirán no tiene una sola forma de manejarse. En 2018 decidí irme del país, y recién en 2022 —cuatro años después— se lo pude contar a mi familia. Esa vez pude protegerme en silencio. Otras veces no tuve esa opción, y tuve que sostenerme expuesta igual. De las dos aprendí algo que hoy uso para no dejar que la opinión de nadie pese más de lo que merece.
El miedo no era fracasar
Cuando decidí migrar, no dudaba de que el plan fuera a funcionar. Sabía que lo iba a conseguir, tarde o temprano. Lo que me daba miedo era otra cosa: que alguien con una sola duda bien justificada pudiera hacerme cuestionar todo lo que había proyectado. Era consciente de que había miles de riesgos y que no iba a tener respuesta para todos y cada uno de ellos desde el inicio. Pero no quería que eso me detuviera de seguir avanzando pese a todo.
Entonces elegí crecer y abrirme un nuevo camino antes de que el mundo lo supiera. Trabajé en esa iniciativa año a año hasta que se volvió tan concreto que ya no había pregunta que pudiera desarmarlo.
Cuando finalmente hablé, no llevé argumentos. Llevé evidencia: la visa aprobada, el pasaje comprado, la fecha de viaje. No tuve que convencer a nadie de nada — solo mostrar lo que ya estaba hecho. Las primeras preguntas llegaron rápido: ¿pero cuándo? ¿Cómo? ¿Y tu trabajo? Mis respuestas fueron simples y claras: me voy en julio, como estudiante internacional. Renuncié a mi trabajo. Mis cosas las vendo. No había ninguna duda para resolver, porque ya las había resuelto todas yo, antes de decirlo en voz alta.
Construir en silencio no es esconderte
Fue protegerme mientras el plan aún no estaba claro del todo ni para mí misma.
Si estás en esa etapa —la de saber hacia dónde querés ir, pero todavía sin nada concreto para mostrar— no le debés una explicación a nadie por ahora. Podés construir primero y comunicar después, cuando el plan ya sea tan real que las dudas ajenas no tengan dónde apoyarse.
Pero no siempre podés elegir el silencio
En otros casos completamente distintos, tuve que enfrentar exponerme desde el principio en público, con toda la incomodidad de quedar expuesta, aun cuando no tenía la certeza de que nada funcionaría como yo quisiera. No siempre podemos esperar a que un proyecto esté concretado para comunicarlo — a veces hay que exponerse con garantía cero de que lo que queremos hacer vaya a funcionar.
En 2020, en pandemia, con más tiempo del que había tenido en años, empecé a leer sobre la ley de la atracción —El Secreto fue el primer libro. Soy escéptica por naturaleza: no creo todo lo que leo, pero estoy dispuesta a probarlo y sacar mis propias conclusiones. Después de cruzar autores de ciencia, psicología, neurociencia y finanzas, entendí que el tema de la energía no era una fantasía.
Sentí que le debía ese hallazgo a la gente que lo había compartido antes que yo. Si no fuera por ellos, en 2020, encerrada en casa, tal vez nunca me hubiera cruzado con ese material. Entonces empecé a publicar lo que había aprendido y lo que a mí me había funcionado. Ahí no hubo forma de construir en silencio: publicar es, por definición, exponerte desde el primer día.

Lo que dicen de vos habla de ellos
Recuerdo cuando uno de esos videos se hizo viral. Con la viralidad llegó lo tan predecible: los conocidos haters. Había un comentario en particular que se me viene a la mente: «Que estupidez tu video!»
Le contesté con una carita feliz: «Por lo menos yo no le falto el respeto a nadie».
Ese comentario decía más de la persona que lo escribió que de mí. Yo había hecho un video que no le iba a gustar a todo el mundo —eso siempre va a pasar. La otra persona había elegido agredir a alguien que no conocía, sin ningún motivo. Entre esas dos cosas, la que queda peor no es la mía.
A mí no me define lo que otros piensen o digan de mí. Me define lo que yo hago cada día.
El miedo al qué dirán no se resuelve de una sola manera. A veces la respuesta es construir en silencio hasta tener algo sólido para mostrar. Otras veces no hay tiempo para eso, y la única opción es sostenerte en lo que creés de vos mientras el ruido pasa alrededor.
Antes de dejar que una opinión te pese
¿Qué tan cierto es eso que escucho sobre mí? Ahí podemos hacernos dos preguntas distintas: si lo que dicen está fundamentado —¿hay algo concreto detrás, o es solo una impresión de la otra persona?— y si es válido —¿qué autoridad tiene esa persona para hablar así de mí? ¿Ya pasó por algo parecido a lo que yo quiero lograr, o está opinando desde afuera?
Y hay una tercera pregunta que ayuda todavía más: ¿qué casos conocés donde lo que te dijeron no fue cierto? Buscar el ejemplo contrario —alguien que sí se animó, que sí le funcionó— te muestra que esa opinión no es una ley, es una entre muchas posibles.
Cuando lo que escuchaste no está fundamentado en hechos concretos ni es válido, pierde el peso que le estabas dando — no porque no sea cierto, sino porque ahora podés ver que nunca lo fue.
Y hay algo más que ayuda, más allá de si el juicio es válido o fundamentado: razones para que algo no funcione siempre van a existir —lo que importa es que sos capaz de manejar lo que aparezca y seguir adelante, más allá de qué tan argumentado esté el «no va a funcionar». Muchas veces, esa voz no está en tu contra: le teme a que te vaya mal, y desde ahí trata de que no te alejes de lo conocido. Eso no cambia tu decisión, pero sí el peso que le das al comentario.
Nadie puede influir en vos a menos que se lo permitas.
Si estás en ese momento —con un cambio en mente que todavía no le contaste a nadie, o exponiendo algo nuevo y sintiendo el peso de las opiniones ajenas— en el workbook Reconecta con tu Brújula Interna el Paso 3 te lleva a preguntarte qué creés que te asegura seguir donde estás —a veces es la aprobación de otros— y qué pasaría si eso que temés no fuera cierto.
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